CRÓNICA DE ARIEL ROT “SOLO ROT” EN LA SALA LÓPEZ

(Zaragoza, 06-11-15)

Por Alejandro Castro

Fotos: Inma Salas

07112015-_MG_7845

Admiro muchísimo a Ariel Rot, no lo voy a negar. Es uno de mis artistas, músicos y letristas de cabecera en castellano, y ha sido la banda sonora de mi vida durante muchas etapas. Muchas veces y por fortuna, la música es una cuestión de tripas y de corazón, que supera totalmente razones, coherencias, o equilibrios intelectuales, y Ariel, además de tener una indiscutible calidad en el sentido estricto de “lo musical”, también es de los que saben llegar a un público fiel, con su elegancia y exquisitez personal, sonora y lírica y, sobre todo, con su transmisión de emociones autobiográficas (como él mismo reconoce), que arriban a nuestro puerto y que nos hacen recordar nuestros propios viajes, especialmente aquellos que más nos han marcado durante la tempestuosa travesía de la vida… Amores y desamores, subsistencia y muerte, éxitos y fracasos, vinos y resacas… Arquetipos humanos de doble filo, que él mismo resume en aquella maravillosa frase musicada que muchas veces rememoro: “Pasaron coches, altavoces, mujeres, amigos, desencuentros…”

Pues bien, la pasada noche del seis de noviembre tuve la ocasión de dibujar otra muesca más en la pared de mi almacén de recuerdos melódicos durante el concierto “a solas” que Rot, y “SOLO ROT”, nos ofreció en el magnífico contexto de la Sala López donde bailamos con el corazón aquel “Vals de los Recuerdos”, por supuesto, pero donde también sentimos (o sentí) muchas más cosas, que paso a contaros brevemente desde este pequeño púlpito que me cede amablemente Aragón Sounds, al que me subo siempre que me es posible.

Era la cuarta vez que veía a Ariel tras mi primera experiencia, hace ya muchos años, en La Casa del Loco, durante la gira de aquel Hablando Solo (1997) y, sin embargo, era mi particular ocasión inicial de disfrutar de la música del argentino en esta arriesgada y osada propuesta unipersonal, que no defraudó a los asistentes en absoluto, sino todo lo contrario. A eso de las diez de la noche, el bonaerense se encarama a un sobrio escenario, flanqueado por sus amplis, sus guitarras y por su piano eléctrico y se acerca al micro con esos aires de dandy porteño que solo él sabe destilar, mientras se dispone a hacer uso de su maestría armónica, acompañado tan solo por un vaso de algún espirituoso on the rocks, y por las almas y los oídos de todos los asistentes, que completamos una magnífica entrada en la platea de “La López”.

El artista comienza el show, acompañado por su guitarra de caja hueca y bigsby, e introduce con un solo blues el tema “Debajo del puente”, que desempolvó hace algunos años de forma improvisada, según él mismo relató en alguna entrevista, y que pertenece a su primera aventura en solitario, allá por el 84… La canción luce arreglos blues rock de la vieja escuela… John Lee Hooker está en las raíces, pero también el swing de Django en la maravillosa “Lo siento Frank”, o las calles de New Orleans, en comunión coral con los feligreses, en un reinventado “Baile de Ilusiones”.

Rot intercala, además, la calidad de sus temas con su enorme faceta de storyteller, y se siente como pez en el agua en esa situación de “solo ante el peligro”, que a más de uno le produciría cierto vértigo, proponiendo un espectáculo dinámico e interactivo, hecho a su medida, y a la nuestra. Nuestro héroe nos habla de su conexión con Zaragoza, tal vez con Guille Martín en el corazón, de sus divas del pasado, en la emocionante y exquisita “Geishas en Madrid”, por ejemplo, de sus encuentros con personajes anacrónicos que acaban siendo Sabina y te terminan regalando textos como el de “Viridiana”, de las groupies y el inteligente concepto del gruopie-time (cuyo significado deberíais descubrir asistiendo a sus shows), y de mil cosas más…

Ariel se expresa y nos canta con sus cuerdas vocales, pero también, y sobre todo, con las que vibran en sus guitarras: Telecaster, Gibson SG, Gretsch, o Martin como acústica… buenas maderas que hay que saber manejar apropiadamente, y que pocos son capaces de tañer con su increíble pericia. En cada transición, en cada solo, la información que nos comunica nos lleva a muchos lugares, y crea un lenguaje único, una especie de esperanto armónico que sólo él es capaz de transmitir, debido también a sus orígenes argentinos, mezclados con su gusto musical anglosajón. El blues del delta se intercala con el swing, el dixie o el boggie, pero también con las corrientes del Río de la Plata, del tango, del vals peruano, o de la música cubana. Un mestizaje único que, a modo de cóctel explosivo, no deja de deslizarse por la pulida barra del r&r, hasta llegar, casi flotando, hasta nuestro paladar. ¡Salud!

… Pero no solo de la guitarra vive Ariel. Con el paso del tiempo, el músico también se ha convertido en un avezado pianista,  e interpretó a este instrumento algunas de sus canciones más emocionantes, como “Sin saber qué decir”, himno que también forma parte de mi vida y de mis lamentos personales, desde mucho antes de aquel dueto con Amaral.  Se atrevió también el argentino a accionar las teclas de su Roland en temas aparentemente guitarreros, alterando el sagrado concepto de “riff”, como sucedió en un sorprendente “Dos de corazones”, y jugó con inteligentes y bien elegidos guiños a clásicos como “I will survive” o el mismísimo “In my life” de The Beatles, que allanaron el camino a la selecta cover de Pappo Napolitano “Un viejo Blues”, que hizo arder el alma del que os escribe, mientras apuraba el último trago de mi última cerveza de la noche.

En resumen, Rot realizó durante la velada un sublime acto de valentía musical en un concierto “a solas” (muy lejos del típico “acústico”, no se equivoquen) que despertó en mí emociones auténticas, desde la fragilidad redonda de “Muñeca rota”, hasta la energía gastada y el sarcasmo de “Manos expertas”, pasando por un amplio espectro de sensaciones melancólicas, capaces de escarbar en las evocaciones más enterradas de cualquier mortal (como en las citadas piezas “Geishas en Madrid” o “Sin saber qué decir”, pero también en las enormes “Cenizas en el aire” o “Bar Soledad”), todo ello envuelto en el virtuosismo bien entendido, que llegó a su máxima expresión en el instrumental “Confesiones de un comedor de pizza”, sin dejar de lado, por supuesto, la necesidad de la presencia de algunos hits de formaciones anteriores a las que ha pertenecido esta auténtica leyenda viva del r&r en castellano, que son, por fortuna, parte sustancial de nuestra música popular: Tequila y Los Rodríguez, evidentemente, también estuvieron presentes.

Disfrutemos de Ariel todo lo que podamos porque, como él mismo relató, es un espécimen único e irrepetible con el que hemos tenido la suerte de coincidir en el tiempo y en “los lugares comunes”, y al que le queda cuerda para rato. Solo Rot es mucho Rot, mucho rock, mucho roll, y mucho más… no se lo pierdan, o se arrepentirán.

Sigan en sintonía, y acudan a los directos, porque, como siempre…

Nos vemos en el próximo show.

Nos lo beberemos todo.

No nos defraudarán