Crónica del concierto de UV Ultravioleta en la Sala López

Zaragoza, 1 de abril de 2016

Por Jesús Viñas

Fotos: Ana María Acón

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Despierto con algo de dolor de cabeza,  su disco en el bolsillo y agujetas en la garganta. Con su repertorio arrugado enfrente de mí, coloco el redondo en mi ordenador y acomodo las almohadillas de mis auriculares en mis oídos haciendo clic en el triángulo que provoca el cierre de mis párpados.

El concierto de Ultravioleta fue apoteósico. Se olía al cruzar el Puente de Piedra que la noche iba a ser memorable, al mirar hacia donde se dirigían nuestros pasos y ver el ambiente que se cocinaba en la entrada de la indispensable Sala López. Minutos más tarde, y en un campo de batalla abarrotado, nos abrimos paso hasta llegar a la primera línea de fuego, dónde se escucha peor pero se siente de verdad.

Salieron intentando guardar la compostura pero les fue imposible esconder una ligera sonrisa hacia toda esa gente que estaba deseando corear los temas de su delicada nueva obra.

Mientras sonaba una introducción musical que marcaba la magnitud de lo progresiva que iba a ser la noche (ah la chanson française…) ellos agarraron sus instrumentos esperando deseosos que desapareciese la melodía para dar comienzo a la magia y cuando ocurrió, la guitarra de Jorge Doherty desgarró nuestros oídos y nos lanzó a la locura. Alejandro Martínez y Eduardo Arnillas se unían segundos más tarde a la fiesta para dotarle de la pegada que les caracteriza.

Eran tres en escena, pero se encargaron de dejar claro que había un cuarto ultravioleta mezclado entre la multitud, que más tarde haría acto de presencia. Todos ellos músicos jóvenes pero de dilatada experiencia a quienes conocía de diferentes círculos y de quienes no me hubiese podido imaginar que la suma de sus armónicos pudiese generar una explosión de semejantes dimensiones.

Fueron pasión a la enésima potencia. Sus bailes frenéticos hacían que se alzasen nuestros brazos mientras coreábamos sus canciones que iban atronando como himnos subiendo los decibelios y la temperatura de la sala. Musicalmente excepcionales con un Jorge especialmente inspirado haciéndose cargo de todo el peso de las guitarras y con su voz perfectamente afinada en todo momento, tenían una puesta en escena que no parecía ser demasiado meticulosa, pero nos arrancó a todos una expresión de grata sorpresa al ver que en la cuarta canción y bajo una luz ultravioleta (como no) se iluminaron unas marcas tribales sobre sus cuerpos y que con las luces led que iluminaban el escenario hasta ese momento no se habían dejado ver. Una improvisación de bajo y batería y, de repente, un gran piano de cola, que parecía estar colocado de atrezzo en mitad del público, empezó a sonar con Allué, el cuarto miembro, al violín, y con Jorge a las teclas, e interpretaron a dúo una canción que dejó a todo el mundo boquiabierto a la vez que nuestras miradas buscaban encontrar dónde se encontraba el nuevo foco de atención. Jorge, al acabar el tema, dejó el piano al multidisciplinar Allué y se subió a la barra para cantar otro tema y dejar claro dónde situarle al haberse visto envuelto entre la multitud.

Los pelos como escarpias, mitad del repertorio consumido y una versión de los Soda Stereo les concedió ese toque de perros viejos denotando el mucho criterio que tienen; cabe destacar que ya habían jugado con el “Get Lucky” de los Daft Punk como outro en su segundo tema pero un servidor no se esperaba este detalle.

El repertorio se abocaba a su final pero nadie quería que eso ocurriese. Abandonaron el escenario pero aún les quedó por resolver la tensión de un público al que le faltaban dos canciones imprescindibles en su repertorio por oír: “Caída Libre”, perteneciente a su primer registro “La Naranja Semántica”, y el tema que da nombre a su nueva aventura: “Humanos” que es, a mi forma de entender, uno de sus temas más brillantes.

Desaparecieron de escena pero su trabajo aún no había terminado, ya que se colocaron tras una mesa que cargaba todo su merchan, y donde estuvieron casi una hora entera firmando los discos y camisetas que sus sedientos oyentes quisieran adquirir. Fue un trabajo impoluto, perfectamente coordinado por dos personas que completaban a la perfección la formación exclusivamente musical: Musicasso se hacen llamar y son una productora especialmente bien estructurada por César e Isabel, que, con unos objetivos muy claros, cuidan al detalle todos los pasos que van dando de forma meticulosa para conseguir que sus sueños se vean cumplidos.

Que son uno de los grupos revelación está más que claro, pero además como han sabido unir fuerzas con gente que mima esos detalles que los músicos solemos adolecer, como son los organizativos y comunicativos, han jugado la carta ganadora y solamente han de disfrutar y todo les saldrá a la perfección, porque se lo merecen pero sobre todo porque lo valen. Absolutamente todos ellos.

Larga vida a la buena música y a la buena organización de la misma.

Jesús Viñas