CRÓNICA FESTIVAL DE JAZZ 2016. (2ª PARTE)
Por Jesús Viñas

Antonio Salanova Trio Luis Lorente Festival Jazz Zaragoza 03

 

25/11/2016

Con una entrada sutil del contrabajo empezaba mi fin de semana con la lástima de haberme perdido la actuación de Madeleine Peroux. Ya disculparán… uno no llega a todo.

Cómo iba diciendo, fue Coco Balasch quien dio la entrada mientras aún faltaba gente por tomar asiento. Le siguió, como quien levanta la persiana una mañana lluviosa, Fran Gazol (batería) y dejaron que, quién nos abriese los ojos a la luz difuminada por las nubes, fuese quien da nombre a este proyecto: Antonio Salanova (piano), quien entró poco después en el primer tema de la noche.


Antonio Salanova Trio Luis Lorente Festival Jazz Zaragoza 01

El gran club de jazz que era el Auditorio disfrutaba de cada uno de los detalles que sonaban en escena mientras los camareros servían las copas a los asistentes. Fran se quedó en un momento solo ante su instrumento y representó una batalla con(tra) él con ritmos que hicieron que nos quedásemos sin respiración hasta que el tema murió en un silencio tan oscuro que daba miedo ser el primero en aplaudir. Pero se aplaudió, y mucho, esta primera interpretación solista de la noche.

Antonio volvió a recuperar la atención del público con otro tema en el que seguía lloviendo. Piezas delicadas y con ritmos tranquilos en los que el virtuosismo quedaba atrás en pos de unas melodías tan bien escogidas que parecían, en ocasiones, auténtico pop. Atmósferas de humo y oscuridad con temas con aires orientales en las que se demostró la belleza del contrabajo aunque quedó algo manchada por un speech tal vez no tan acercado como sus dedos.

Cerraron su actuación y era el turno del artista principal de la noche. El concierto empezó, según parecía, sin los volúmenes en escenario necesarios para Casey Benjamín, el que llegó hasta a abandonar el escenario para hablar con el técnico. Casey era el encargado del vocoder y el saxo alto y fue él quien llevó la posición central en el escenario. Quería más volumen y parecía no llegar nunca al nivel que necesitaba.

Tras un buen rato de confusión instrumental y tras un fraseo en el que jugaba, como haría a lo largo de toda la actuación, con su mano izquierda con los efectos de su voz y con un keytar que controlaba con la derecha, terminó la primera experimentación que no fue muy aplaudida y arrancaron con el segundo tema en el que, ahora sí, arrancaron un caluroso aplauso al público, quien empezaba a entender de qué iba la historia. Casey agarró el saxo alto e interpretó un tema espectacular que provocó una ovación merecida por la brillante interpretación que acababan de hacer de éste.

Robert Glasper Experiment Luis Lorente Festival Jazz Zaragoza 01

Robert Glasper, sentado en sus teclados a nuestra izquierda, se hizo con el siguiente tema llevando la voz cantante y arrancando un aplauso a mitad de la canción. Un sonido de teclados muy cuidado y definido que demostraba una presencia escénica arrolladora.

El batería estaba imparable. Ritmos técnicos y rápidos que llevaban a toda la banda por caminos insospechados marcando con autoridad el beat del tema.

Tras las presentaciones de la banda, se escuchó claramente la guitarra controlada por Mike Severson quién nos sumergió en un infinito océano siempre apoyado por las armonías pedales que iba lanzando Glasper desde los teclados. Un sonido cálido y con la ganancia justa que iba jugando con nuestros sentidos.

Concierto electrónico controlado por una voces que saltaban con afinaciones predefinidas por lo que iba indicando en el teclado haciéndolas artificiales. Voces con efectos oscilantes que bailaban encima de una percusión semi-acústica semi electrónica.

Un proyecto experimental al que la gente aplaudía, sorprendentemente, sin recordar lo que había ocurrido la semana anterior. Pero, según se ve, valoraron mucho la interpretación del músico quien se atrevió a mostrarnos sus cartas sonando perfectamente sostenidas por un gran bajista: Burniss Earl Travis II.

Se quedó solo Glasper sobre una nota pedal de un teclado interpretando algo que parecía una variación de un tema de los radiohead al cual, al rato, se empezó a introducir la batería con un groove de esos que te quitan el miedo de vivir. El bajo vino después, la guitarra más tarde y el vocoder para hacer que el tema se hiciese gigante y que la gente no pudiese no aplaudir. Maravillosas sensaciones las que nos estaban provocando.

El batería que parecía caminar sobre un limbo en otro ritmo paralelo, demostró la calidad de sus muñecas en un juego entre las dos cajas que llevaba y el Charles, haciendo otra guerra de esas que antes decía que, de nuevo, volvió a ganar el instrumentista.

Interpretaron versiones variadas que hicieron que mi cabeza implosionara al descubrir desde Radiohead, como digo, a Henry Hancock, Nirvana o Police, ya que les puedo asegurar que el filtro sónico era el mismo. A mí me descolocaron tal vez demasiado pero la gente disfrutó claramente al tener algo que poder corear.

26/11/2016

Había coincidido con Aurora en un concierto en el que tuve el placer de compartir cartel con la banda que anteriormente lideraba (Freedonia) cuando yo militaba en Los Chicos Voodoo (llovió desde entonces) y era uno de los conciertos que afrontaba con mayores expectativas por ver a una de las mejores frontwoman del estado.

Serán mis referentes, que tiran mucho de mí, pero he de decir que personalmente me pareció una de las actuaciones de mayor nivel de la escena nacional que he podido disfrutar hasta el momento.

La voz de Aurora dinamitó el Auditorio y nos hizo vibrar con sus cuerdas vocales y las de sus dos coristas, quienes cantaban y bailaban transportándolos a años pasados. Verónica Ferreiro y Carolina García, quienes llevaban todo perfectamente coreografiado, dieron un punto de calidad donde nadie suele “perder” el tiempo.

Maravillosas sus voces perfectamente empastadas con la Bestia que devoraba el micro en la posición preferente.

aurora

Pablo Rodas, bajista, iba caminando como cabra montesa sin preocuparse de las alturas a las que le estaba llevando Enrique Parra a la batería. Tocinos (aseguro que este adjetivo es muy positivo) que sonreían despreocupados y tarareaban los temas que se iban desgranando. Empezaron fuertes y sonaron Voodoo y Fire de las primeras. Dos singles que son de lo mejor que he oído en los últimos años en la escena nacional (insisto). Melodías sorprendentes en un envase que muchos califican como demasiado manido pero les aseguro que ellos le aportan aires frescos.

José García, Josué García y Luis Pinel cerraban la formación con sus guitarra eléctrica, trompeta y teclados acompañados del versátil de Martín García quien con sus saxo tenor y teclados hacía que todo tuviese sentido desde su posición de director musical.

Estética de funeral con luces cálidas. Profesionalidad que sublimaba. Saber estar y palabras precisas para encender a la audiencia. Sonaron los temas que estilan en sus dos trabajos. Sonaron maduros y rodados… Led Zepelin, Black Crowes marcaron mi adolescencia y se volvieron a salir, como casi todo el resto de actuaciones, del concepto comúnmente aceptado por jazz pero triunfaron. Aurora hizo alusiones al fracaso de su anterior viaje a tierras mañas pero haciendo hincapié en que esta vez todo estaba saliendo mejor de lo esperado (gracias Zaragoza). La gente acabó bailando en las primeras líneas mezclando conceptos de actuación y se quedó firmando discos agotando la remesa de su última grabación. Así sí.

27/11/2016

Hay veces que un músico te incita a leer un libro y ese libro te lleva a un concierto. Esa cultura que genera cultura.

Cuando es la enésima vez que tienes en las manos la lectura recomendada por gente a quien admiras, decides hacerla tuya. Te pierdes por sus páginas y la devoras abrumado por la historia que, además, lleva su banda sonora implícita, la cual te va evocando todavía más si cabe las emociones que hacen que te metas por completo en la piel del escritor y entiendas qué pretende decir con cada frase.

“Instrumental” (Blackie Books, 2015) es el libro del que hablo. Es la dramática biografía del músico que cerró el festival de Jazz (¿?) dándole un toque multidisciplinar al ser un músico que interpretó obras clásicas de una forma, tal vez, muy “innovadora” para tratarse de música clásica.

Rhodes sufrió abusos sexuales cuando era menor. Le violaron y eso le cambió para siempre de ser un niño jovial a ser una persona enrocada en sí misma quien no podía expresar de ninguna manera su dolor. Gracias a que encontró la música consiguió encauzar su pena aunque, aun así, siguió sintiéndose culpable de muchas de las cosas que le acaecían forzando situaciones que a ninguno nos gustaría vernos involucrados.

Es un intérprete que no estaría en los ciclos de grandes solistas, porque no lo es. No es un virtuoso ni tampoco ha llevado la vida como para poder serlo, pero tiene algo que sí le concede las características como para ir por todo el mundo compartiendo las notas que consiguieron mantenerle con vida.

Rhodes salió frío a escena y cometió algún que otro error en las primeras notas de su actuación. Hizo publicidad de los dos libros que ha escrito y contó entre obra y obra el porqué las había elegido dando unas pinceladas de las historias que envolvieron a los compositores haciéndonos estar atentos a cada nota que interpretaba esperando los momento álgidos de cada pieza.

Bach, Beethoven, Chopin… Mazurcas, Sonatas, Fantasías… fueron el set list de un artista que tuvo que salir hasta 4 veces a interpretar más y más bises debido a que la gente no quería dejar de aplaudir. Se le veía feliz por la aceptación de su música y de sus historias.

Tras el concierto firmó libros. Me dedicó el mío. Le dedique un par de palabras y me fui a casa siendo más humano por haber podido compartir un par de minutos con una persona a quien admiro mucho por su fuerza de voluntad y su fuerza. Lean el libro, se lo recomiendo fervientemente.

Se acabó el Festival de Jazz. Estoy sin palabras, sabía que me iba a costar redactar esto pero al fin lo hice. Disfruten de la música y escúchenla. Lean libros y regálenlos. Aún estamos a tiempo.